En lo primero que tendríamos que pensar es en los “prejuicios”.  Vivimos en una sociedad llena de prejuicios.  Como su nombre lo indica, los prejuicios son juicios previos.  Muchos de ellos son adquiridos por vía de la experiencia y otros nos vienen impuestos por el entorno social en que vivimos.  Así, escuchamos que cuando una persona va al psicólogo es porque está loca o porque es débil, no puede resolver los problemas sola.  Eso es un prejuicio.  Mucha gente piensa que cuando uno tiene problemas, lo mejor es hablarlo con un amigo o con una amiga.  Es bueno compartir con los amigos las cosas que nos angustian… pero el trabajo que se hace en una consulta es muy diferente.

Muchos son los motivos por los cuales una persona decide acercarse a una consulta: angustia, depresión, miedos y fobias, inseguridad, formas insatisfactorias de relacionarse, timidez, problemas de pareja, problemas sexuales, etc.

Podríamos hacer un listado de “síntomas” partiendo de un manual de psicología, pero no tiene mucho sentido.  Lo que hace que una persona busque un espacio, básicamente es la angustia y no podemos generalizar.  Para cada uno la angustia es diferente y se manifiesta de una manera particular.

La propuesta es trabajar a partir de la angustia, de eso que nos inmoviliza y no sabemos por qué.  Es revisar nuestra propia historia y el lugar que ocupamos en esa historia.  No es posible cambiar el pasado, pero sí podemos cambiar de posición frente a ese pasado.

¿Psicoanálisis?

En Argentina, la formación en la mayoría de las universidades públicas es de orientación psicoanalítica.  En España, por el contrario es cognitivo conductual.  La gran diferencia es que desde una perspectiva psicoanalítica no aspiramos a eliminar el síntoma o producir un alivio sintomático.  Nuestra perspectiva va más allá, está vinculada con las causas que producen lo sintomático y también con la posición del sujeto frente a su historia y a su deseo.  En una consulta psicoanalítica no hay deberes ni tareas que hacer, sólo hablar, hablar de uno mismo, de la propia historia y del lugar que uno quiere ocupar en ella.