La otra crisis, la que llevamos dentro

Artículo publicado en la revista «Arg Express» del mes de enero de 2009

Y aquí estamos, en crisis.  Sin comerla ni beberla estamos en medio de una crisis que no provocamos, que no buscamos y de la cual casi no formamos parte más que como damnificados.  Porque en realidad ninguno de los que estamos incluidos en la mayoría  -entiéndase clases medias y bajas- somos responsables de una crisis económico financiera.  Aunque los resortes del poder nos pueden llegar a echar la culpa por habernos equivocado de contenedor al tirar la latita de cerveza.   De todos modos, como decía un viejo refrán: “a río revuelto, ganancia de pescadores”.  Sí, seguramente hay muchos que se están forrando gracias a la crisis.  Pero claro, son los desconocidos de siempre o los “irresponsabilizados”.  Como dice Enrique Pinti, cuando se les reclama algo, dicen:  “no sé”, “no me consta”, “es una campaña en mi contra”, etc.  La cuestión es que a lo largo de la historia humana siempre hubo unos pocos que se repartieron las ganancias que generaban muchos y eso no ha cambiado.  Y a esos pocos, las diferentes crisis que ha habido no los han perjudicado (o al menos no mucho).

 Entonces, de repente, uno abre el diario, lee cosas alarmantes, habla con la gente y se empieza a preocupar más, y más, y más….  y más.  Luego te enteras de que echaron a no sé cuantos y que planean echar a otros no sé cuantos.   Pero… ¿por qué?  ¿qué culpa tengo yo y qué culpa tienen esos no sé cuantos?  Ninguna, absolutamente ninguna.

Y ¿qué hacemos frente a una situación que nosotros no hemos generado pero que nos perjudica enormemente?  No podemos, de un día para el otro, generar dinero para ayudar a quién no lo tiene.  Tampoco podemos, en la mayoría de los casos, generar puestos de trabajo para aquél que lo pierda.  Pero podemos hacer otra cosa, tratar de superar la otra crisis.  Porque no solamente hay una crisis.  Hay otra:  la crisis de valores y de creencias.  Intentar superar esta crisis tampoco es una tarea fácil; ya que se trata de poder demostrar que no “da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón”.

Estamos transitando lo que podríamos denominar “la agonía del capitalismo” y esto lo comprueban los mismos dirigentes que sostienen el sistema:  hace poco Sarkozy propuso “refundar el capitalismo”.  Pero más allá de la posición ideológica en que nos ubiquemos, el modelo capitalista se agota cada vez más y las consecuencias ya inciden en todo el planeta.  Seguramente habrá una gran parte de la dirigencia política y de los poderes económicos que nos hablarán de tecnicismos que no nos incumben ni nos calman la angustia de ver que trabajas y trabajas sin obtener lo que te corresponde.  Y aún más… hay quien ni siquiera puede trabajar.

Nuestro querido capitalismo trajo, de la mano de la tecnología, del culto a la propiedad privada y del crecimiento económico; un aumento desmesurado del consumismo –en el cual estamos inmersos todos- y dio un papel preponderante al individualismo. Un individualismo feroz que acaba, lamentablemente, en la indiferencia.  Ante noticias escalofriantes casi no nos asombramos.  Los medios de comunicación nos han “acostumbrado” a ver cosas terribles y las noticias no cumplen la función de “informar” sino de “vender”. No tenemos más que ver las atrocidades que se muestran en televisión para “vender” la noticia, independientemente de que sea ético o no hacer explícitas determinadas escenas o de que dichas escenas hieran la sensibilidad de algún televidente.

La verdad es que hemos llegado a un punto en que a nadie le importa mucho lo que le pase al vecino de al lado o al de abajo.  Los intereses se limitan a la gente más cercana:  nuestros familiares y nuestros amigos.  El resto: que se arregle.  En realidad, cuando nos enteramos de que alguien se ha quedado sin trabajo o cuando leemos en un diario que tal o cual empresa multinacional echará a tantos miles de personas; lo que más nos angustia es que podría pasarnos a nosotros.  Es como si se hubiera esfumado la consciencia de colectivo, de sociedad.

Estamos en presencia de lo que Castoriadis llamó “la privatización del ser humano”, es decir el repliegue del individuo a la esfera privada.  El ser humano se aísla cada vez más y se torna indiferente.  Una de las evidencias que tenemos más a mano aparece en internet.  Gracias a la tecnología, al adsl y al anonimato, ya no necesitas acicalarte para salir y ligar, basta con que tengas un perfil en algún chat de encuentros y un par de buenas fotos retocadas en Photoshop.

Claro, con todo lo que estamos pensando podríamos llegar a sentirnos culpables por tener un buen microondas o un teléfono móvil de última generación.  No, no se trata de ir al primer punto de reciclaje para deshacerse de todos los aparatos-suntuosos-inútiles.  Los podemos conservar y también podemos seguir consumiendo (aunque quisiera saber qué porcentaje de gente que posee un teléfono de última generación utiliza “todas” las funciones).  Pero tampoco nos engañemos: el tener un modelo antiguo de móvil no nos exime de responsabilidad  por nuestra actitud frente a la otra crisis.

Pero qué hacer ante una situación que no buscamos y ante la cual tenemos la impresión de estar con las manos atadas?  Frente a la crisis económico-financiera, a esa crisis que los medios masivos de comunicación promueven, avivan y estimulan (vende muchísimo escribir y dar noticias alarmantes);  poco podemos hacer -salvo que alguno de los que esté leyendo este artículo sea un banquero o mueva hilos de poder en altas esferas-.  Una opción sería esperar a que pase la tormenta y seguir formando parte del sistema, en forma callada, silenciosa.  Sería algo así como aceptar lo que el destino nos ha deparado.  La otra opción es más complicada y nos exige mayor gasto de energía.  Es la opción del “hacer algo”.  Para esto no hay recetas definidas, de lo que se trata es de rescatar un par de cosas un poco olvidadas por muchos de nosotros:  la creatividad y la solidaridad.  Buscar formas alternativas, apelando a nuestra creatividad, para salir de una situación de angustia provocada por condicionamientos externos.  No podemos modificar los índices del dow jones ni del ibex.  Tampoco podemos generar puestos de trabajo ni alargarle indefinidamente el subsidio por desempleo a un amigo o a un familiar.  Pero sí podemos cambiar la actitud, salir de la indiferencia y rescatar la solidaridad.  Sí; que nos empiece a importar verdaderamente lo que le pasa al otro.  Así podrán surgir formas solidarias como el cooperativismo u otras nuevas.  Solamente el hecho de empezar a hablar, a movilizarse, a cuestionar y a pensar en otras posibilidades para superar la situación ya es estar haciendo algo para salir de la crisis.

Y si bien distinguimos “otra crisis”, ésta no está desvinculada de la anterior, hay puntos de anclaje entre una y otra: el individualismo, la indiferencia.

Tendríamos que intentar cambiar la idea del “sálvese quien pueda” por un “¿qué podemos hacer para que no nos sigamos hundiendo?”.  Y este cambio de actitud, este intento de rescatar valores como el respeto, el trabajo y la solidaridad también forma parte de una propuesta para superar la otra crisis. La sociedad está formada por todos los individuos y los cambios y la cultura que producen esos cambios son responsabilidad de todos, no sólo de los poderes políticos y económicos.  Permanecer indiferentes no nos exime de responsabilidad porque como decía Eladia Blázquez, “eso de durar y transcurrir, no nos da derecho a presumir, porque no es lo mismo que vivir, honrar la vida”.

Alejandro Pignato