[1] Pare
Digueu-me què
Li han fet al riu
Que ja no canta
En muchas ocasiones actuamos o asumimos posiciones de acuerdo con modelos que acaban siendo estereotipos. Así, se ha instalado la imagen de que el psicoanalista es una persona seria, que habla poco, que observa y solo interpreta.
Pero esta imagen no es más que un semblante. En consulta, asumimos cierto “physique du rôle”, es decir, una apariencia que responde a las expectativas del otro. Adoptamos “cara de psicoanalista”. Sin embargo, sabemos que, para nosotros, más importante que la “cara”, es la “oreja”: la escucha psicoanalítica.
Ahora bien, más allá de estos semblantes, hay algo en lo que todos los psicoanalistas insistimos, independientemente de nuestra orientación: la singularidad del caso por caso. La historización que un sujeto hace de su vida es única, y ese carácter irrepetible es el núcleo de nuestra práctica.
Durante las últimas décadas, el mundo occidental ha vivido en una paz relativa. Sin embargo, este período no ha estado exento de agresiones y episodios que podríamos calificar como formas de belicismo. Un ejemplo claro son los atentados terroristas, que han irrumpido en el discurso público como manifestaciones de una guerra que no se libra en frentes tradicionales.
Más allá de estos episodios, las guerras “convencionales” tampoco han desaparecido. La guerra en los Balcanes en los años 90 fue un recordatorio de que la violencia organizada sigue formando parte del horizonte geopolítico.
La invasión de Rusia a Ucrania en 2022 encendió nuevamente las alarmas en Occidente ante la posibilidad de una “gran guerra”. Pero en este caso, el fantasma es aún mayor: no se trata solo de una disputa territorial o política, sino de la amenaza misma a la supervivencia de la especie humana.
En las grandes catástrofes se recurre a profesionales formados para actuar en situaciones límite. En este contexto, se ha consolidado la denominación “sin fronteras” como un emblema del compromiso humanitario: Médicos sin Fronteras, Psicólogos sin Fronteras, entre otros. Sin embargo, nunca hemos visto una organización similar para los psicoanalistas.
(…) Pare
Que el camp ja no és el camp
Pare
Demà del cel plourà sang
El vent ho canta plorant (…)
Esto nos lleva a preguntarnos si el psicoanálisis, por su propia estructura, tiende a permanecer en el ámbito individual de la consulta, lejos de lo comunitario. ¿Es el psicoanálisis ajeno a la dimensión social?
Esta idea provoca en mí un cierto malestar. No porque sea un problema cultural, sino porque toca algo más estructural: el malestar en el psicoanálisis mismo.
A partir de aquí, surge una cuestión fundamental: ¿cómo articular la posición del psicoanalista –que no puede ni debe ser apolítica– con una función social? ¿Es posible sostener una práctica en consulta privada y, al mismo tiempo, hacer una intervención en lo social?
Pensar que existen miradas objetivas sería ingenuo. Tan ingenuo como pensar que existen escuchas objetivas. Ello nos lleva a pensar en que en esa subjetividad que nos determina, se juega sin ninguna duda, lo ideológico. Lo político. No es posible practicar el psicoanálisis sin una posición política.
Freud no hablaba de política ni de religión con sus pacientes. Tal vez era una forma de tomar distancia con lo ideológico con el objetivo de dar un carácter científico a la práctica psicoanalítica. Pero más allá de ello, a lo largo de toda su obra es indudable que se trasluce una posición ética y política.
Podríamos pensar que hay muchos tipos de guerra a los cuales nos enfrentamos. Incluso, durante la pandemia de 2020, escuchábamos constantemente metáforas refiriéndose a la actitud que debíamos asumir como una guerra.
Declarar la guerra a una enfermedad o a un peligro implica por un lado defenderse y atacar, que en última instancia implica una defensa. Dice una conocida frase de táctica militar: “la mejor defensa es un ataque”.
Pero esa posición de neutralidad de un analista, el silencio que caracteriza esta práctica o más específicamente una posición de no respuesta a una demanda podría ser interpretado como una suerte de indiferencia.
Cuanto más se acerca la posibilidad de un conflicto, más se pone de manifiesto la angustia. No solamente ante la posibilidad de una guerra sino también cuando suceden accidentes o catástrofes naturales. En marzo de 2015 hubo un “incidente” -no podríamos llamarlo “accidente” ya que fue provocado-: un avión que había despegado desde Barcelona con rumbo a Dusseldorf se estrelló en los Alpes franceses. En Barcelona fue una conmoción total, todo el mundo estaba en estado de shock. Tal vez el motivo principal es que el vuelo había partido de Barcelona. Un año antes, en marzo de 2014 hubo un accidente aéreo que aún no fue esclarecido: un avión de Malaysia Airlines desapareció en el océano Índico. Nunca se supo nada de él. La repercusión que tuvo ese episodio no fue la misma que el de 2015. Lo mismo sucede con las guerras. Cuánto más lejos sucedan, menos efectos producirán.
El creciente movimiento migratorio a nivel global nos obliga a replantearnos la figura del psicoanalista aislado en su consulta. Este modelo no solo resulta anacrónico, sino que demanda una revisión profunda.
¿Cómo se posiciona el psicoanalista ante un refugiado de guerra? ¿De qué manera la irrupción de un conflicto bélico afecta el discurso y produce angustia?
La guerra ya no es solo un acontecimiento histórico o geopolítico; se inscribe en lo cotidiano, en el lenguaje mismo. Sin embargo, su impacto sigue siendo del orden de lo real: lo inefable, lo no simbolizable.
En este contexto, surgen dudas que no necesariamente pueden ser abordadas rápidamente o de manera sencilla. La primera que nos interroga es ese lugar de neutralidad del analista ya que más allá de una posición de no responder a una demanda (incluso acerca de nuestra opinión); esa neutralidad queda tocada. El analista también está atravesado por un discurso, el bélico (o incluso el belicista) y también está atravesado por un real: la guerra.
(…) Pare
No, no tingeu por
Digueu que no
Que jo us espero
Pare
Que estan matant la terra
Pare
Deixeu de plorar
Que ens han declarat la guerra
[1] Joan Manuel Serrat, Pare

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