Numerosas situaciones clínicas contemporáneas, lejos de ser contingentes, dan testimonio de una reconfiguración estructural que afecta tanto al campo del discurso y al lazo social como a la propia práctica clínica. Lo que allí se manifiesta es el ascenso de un discurso que, bajo el pretexto de velar por el bien del sujeto —incluso de erigirse en su garante—, opera en acto una forclusión de su palabra. El sujeto ya no es reconocido en su división, en aquello que lo constituye como efecto del significante, sino reducido a una entidad homogénea, medible, biologizada e incluso conductualizada.
Este deslizamiento no es sin consecuencias: marca el paso de una clínica fundada en la escucha, la transferencia y la palabra plena, hacia una gestión de cuerpos y conductas sometida a un saber pretendidamente dominable: el de un discurso en nombre de la ciencia.
Pero este discurso, al excluir lo real de la división subjetiva, forcluye al sujeto del inconsciente, es decir, precisamente aquello por lo cual adviene como tal.
Sin embargo, esta forclusión nunca es total. El inconsciente, incluso negado, insiste. Se dice de otro modo, se desplaza, se infiltra en los lapsus, en los fallos, en lo real que resiste.
Cuando la palabra queda dominada por el saber protocolizado, la tecnificación y la tendencia a reducir el síntoma a un origen estrictamente biológico, aplasta inevitablemente la palabra del sujeto. Ya no hay entonces lugar para escuchar lo que se juega en el lenguaje, en el deseo, en la falta.
La reducción del síntoma a una causalidad neurobiológica o conductual, en detrimento del sujeto y de su historia, convierte al ser humano en objeto de conocimiento, y ya no en sujeto.
Jacques Lacan lo había visto con claridad: el auge de la ciencia moderna tiene como correlato un sujeto vaciado, evacuado de su palabra. Por eso ya escribía en 1953:
«Soy casi el único que enseña una doctrina que permitiría al menos conservar al conjunto del movimiento su arraigo en la gran tradición —aquella para la cual el hombre jamás podría ser reducido a un objeto».
El psicoanálisis es frecuentemente acusado de ser ineficaz, no científica, anticuada. Pero quienes la practican saben hasta qué punto, en la singularidad del encuentro, puede producir un vuelco. Quienes se implican en ella con su palabra saben que allí se descubre lo que nos constituye en lo más íntimo.
Ahí reside, sin duda, el papel del psicoanalista: no curar, y menos aún adaptar, sino ofrecer un espacio donde la verdad pueda, aunque sea a medias palabras, decirse.
Frente al ascenso de un discurso que pretende gestionar la angustia psíquica al precio del borramiento del sujeto, el psicoanálisis propone otra apuesta: la de que la palabra aún tiene peso, de que un síntoma puede hacer signo, de que una transferencia puede abrir un camino. En suma, que el saber en juego en el inconsciente —ese saber que insiste, que retorna, que no se deja olvidar— no es algo que deba evacuarse, sino acoger en su dimensión a veces de horror, a menudo de verdad, siempre de libertad.
El inconsciente es una estructura de lenguaje, una hiancia en el decir. El psicoanálisis no se opone a la ciencia; incluso comparte con ella ciertas exigencias: rigor, coherencia, transmisión. Pero rechaza el fantasma de una eficacia universal, inmediata, desubjetivante. Su singularidad radica precisamente en eso: acoger aquello que resiste al saber establecido, lo que escapa a la medida, lo que desbarata toda normatividad. El psicoanálisis no produce pruebas ni consensos; no se erige en doctrina, y menos aún en ideología. Asume otro desafío: el de la palabra, de la dirección, de la equívoca. Toma con seriedad aquello que no se deja decir de un solo trazo: ese resto, ese síntoma que insiste y señala un real que los discursos en nombre de las neurociencias no quieren oír.
El psicoanálisis no tiene vocación de sustituir a la medicina, sino de ocupar otra escena: aquella en la que el saber inconsciente —siempre parcial, conflictivo, no dominable— puede decirse. Como experiencia de discurso, produce un desplazamiento en la relación del sujeto con su deseo y su goce. Un efecto radicalmente benéfico: allí donde el Otro dictaba la ley, el análisis permite al sujeto escuchar lo que, en el significante, lo hace hablar y tropezar.
En un mundo saturado de discursos de expertos, el psicoanálisis mantiene una posición crucial: la resistencia al discurso totalizante. No ignora los avances de las neurociencias, pero denuncia sus derivas totalitarias. No se erige en alternativa terapéutica, sino en un lugar de experiencia subjetiva inédita. El neurobiólogo François Gonon, en una publicación reciente en la que denuncia las tendencias neoliberales e imperialistas del discurso de las neurociencias, recordaba lo que el psiquiatra Edouard Zarifian, conocedor de la psiquiatría biológica, escribía:
«La ciencia se detiene en las puertas de lo íntimo».
Tantas evidencias y exigencias convocan, una vez más, a reavivar el debate. ¿Qué podría ser más oportuno, en estos tiempos convulsos, que un coloquio internacional, abierto y transdisciplinario, para interrogar los grandes desafíos actuales del psicoanálisis y esta peligrosa ilusión de poder pensar sin el inconsciente?
Es en esta perspectiva que la Fondation Européenne pour la Psychanalyse propone un nuevo evento en París, los días 6, 7, 8 y 9 de noviembre de 2025, dedicado a una interrogación más actual que nunca:
«¿Qué lugar para el inconsciente hoy? Desafíos e implicaciones clínicas».
En el programa: conferencias, diálogos y confrontaciones de puntos de vista que reunirán a psicoanalistas, filósofos, neurobiólogos, artistas y pensadores de distintos horizontes, con el fin de cruzar las prácticas clínicas contemporáneas con los aportes teóricos más recientes.
Una convocatoria para pensar juntos —psicoanalistas, filósofos, profesionales de la salud, de la educación, del ámbito social y cultural, observadores curiosos— para hacer oír lo que el inconsciente aún y siempre tiene que decir en un mundo que, con demasiada frecuencia, querría hacerlo callar.


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