Inmigrados

Artículo publicado en la revista «Arg Express» del mes de marzo de 2009

La mayoría de los argentinos tenemos origen europeo, más específicamente de España y de Italia.  Hay una frase muy conocida en Argentina:  “¿De dónde descienden los argentinos?: De los barcos”.  Nuestro país, fue construido por inmigrantes.  De hecho, prácticamente no tenemos apellidos “autóctonos”.

Los movimientos migratorios, en general, se deben a problemas económicos.  La gente se va de su tierra para buscar mejores horizontes.  En Argentina los movimientos migratorios más importantes se produjeron a finales del siglo XIX y a principios del siglo XX.  Es la época en que llegaron nuestros abuelos y bisabuelos.  Iban a hacerse la “América”, algunos se la hicieron y otros (la mayoría) sobrevivieron como trabajadores de clase media.  En muchos lugares del Gran Buenos Aires hay casas mal construidas, poco prácticas.  ¿Cuál es el motivo?  ¿Había malos arquitectos? No.  El problema es que esas casas fueron construidas por inmigrantes que trabajaban de sol a sol y cuando llegaba un día de descanso construían la casa ellos mismos, sin tener la menor idea de arquitectura.

Durante mucho tiempo, Argentina fue un país receptor de inmigrantes.  De ahí que muchos de los argentinos de una cierta edad recordemos aquella frase de la escuela primaria: “Argentina, crisol de razas”.

Entonces, una tarea ardua fue la de construir una identidad.  No fue fácil.  Nos achacan muchos calificativos, algunos simpáticos y otros… bueno, dejémoslo ahí.  Pero con tanta mezcla de culturas resulta un poco difícil ir construyendo una identidad… quizás sea por eso que enseguida tenemos que sacar a la luz el tango, el dulce de leche, el asado, la birome y el colectivo (ah… y las huellas dactilares).

Hace tiempo atrás, en un programa de Televisión Española (Versión Española), hicieron un reportaje a Daniel Burman, el director de “El Abrazo Partido” y la conductora del programa (Cayetana Guillén Cuervo) comentó que le parecía interesante la multiculturalidad que aparecía en la película.  Burman contestó que no había sido hecho de manera expresa.  Simplemente era lo que él había vivido cuando era chico.  En la “Galería” estaban el moishe, el tano, el armenio, el gallego… y nadie se peleaba con nadie (bueno.. seguramente había excepciones).  Entonces, resulta extraño ver que, en algunos casos, se toma una actitud discriminadora.  Pero si hacemos un poco de historia, si nos remontamos a la Argentina de los años 20 del siglo pasado, vamos a ver que uno de los mayores problemas era el de la inmigración.  Si estábamos mal era por culpa de los inmigrantes (pobres… ¡y mi abuelo seguro que no tenía nada que ver!).  O sea que la imagen de una Argentina benévola con los inmigrantes… no es totalmente cierta.

Pero en la actualidad esto ya no sucede… (con algunas excepciones, claro); porque ya hemos ido construyendo esa identidad tan anhelada.
Pero (y esto tal vez lo hayamos heredado de los gallegos –los de Galicia-), nos hemos transformado en nómades.  Muchos de nosotros hemos migrado a Europa, a encontrar las raíces, a hacernos la Europa, a comer un buen pulpo, o unos buenos calçots (en época de temporada, claro).

Entonces, me animé, me compré una valija bien grande, compré un billete y hace poco más de 7 años me vine para Barcelona.  La primera semana tenía la impresión de estar viviendo en una película de Almodóvar.  Luego, poco a poco me fui adaptando, conociendo expresiones, aprendiendo costumbres (no muy distintas a las nuestras) y buscando las equivalencias.  Recuerdo que un amigo que vino a vivir a Barcelona en los ochenta, recién llegado fue al Corte Inglés a comprar una “campera de corderito”.  Después de un rato de dar vueltas llegaron a la conclusión que lo que él quería era una cazadora de borrego.  También me ocurrió quedar estupefacto al ver que una compañera de  mi primer trabajo en Barcelona dijo que estaba “constipada” –estreñida, en Argentina- y pensé:  ¡Qué bien… yo no lo diría así, tan fácilmente… es más, me moriría de vergüenza!

Siempre queremos diferenciarnos, incluso dentro de una misma cultura.  Seguramente una persona de Girona intentará distinguirse de una persona de Barcelona o de Lleida.  Y lo mismo sucede en Argentina.  Un entrerriano no creerá que es igual que un catamarqueño.  Es como si quisiéramos buscar puntos para distinguirnos y demostrar que somos diferentes; cuando en realidad, lo más provechoso sería usar justamente esos puntos de “diferencia” para complementarnos, para enriquecer nuestra cultura y la del otro.

Entonces, a medida que vamos incorporando aspectos relativos a la cultura catalana, nos vamos sintiendo menos “sapo de otro pozo”; vamos entendiendo y vamos compartiendo.  Los inmigrados que llevamos un cierto tiempo en tierras catalanas ya sabemos que para el 1 de noviembre toca la castañada y los panellets.  No nos llama la atención pasar por la Plaza Sant Jaume un domingo y ver gente que está bailando la sardana.  “Cogemos” el autobús o el metro y ya no sonreímos cuando tenemos que hablar con la señorita “Concha”… y si justamente la tal señorita Concha es unapija; no nos parece un contrasentido.

Claro, pero no solamente somos una esponja que absorbe aspectos culturales locales, también transmitimos los nuestros.  Ya casi no hay catalanes que pregunten qué es un asado de tira con chimichurri en la carta de un restaurante.  Y en buena parte de las heladerías barcelonesas podemos disfrutar de un helado de dulce de leche…. ¡Hasta el supermercado del pakistaní de al lado de mi casa vende yerba Rosamonte!

Estos intercambios de costumbres y hábitos forman parte de la integración en una sociedad que nos acoge.  Y los que llevamos tiempo por aquí ya hemos dejado de ser “inmigrantes” para ser “inmigrados”; como lo fueron nuestros abuelos y bisabuelos en Argentina.  Seguramente tenemos menos dificultades que extranjeros de otros países, la cultura catalana y española no son diametralmente opuestas a la cultura argentina.

Sin embargo, muchas veces vemos que algo no funciona en alguna de las partes.  O bien hay gente que no está muy dispuesta a integrar a un inmigrante o bien vemos que hay grandes resistencias para aceptar aspectos importantes de la cultura catalana.  El idioma es uno de ellos.  Hay mucha gente (argentina y de otros países) que se niega a hablar o, al menos, intentar entender el catalán.  Y esto se transforma en una gran dificultad porque la lengua catalana es un instrumento de identificación social muy importante.  No se trata de ser un experto en lengua catalana, sólo mantener una cierta predisposición para entender e incorporar aspectos importantes de la cultura catalana.  Y en algún sentido, en la medida en que aprendamos catalán, estaremos colaborando para que la lengua no se pierda.  Pensemos que, como dice un amigo mío castellano, si se pierde el catalán, no se pierde una lengua para Catalunya, se pierde una lengua para la humanidad.

Pero también es cierto que en ocasiones no hay una buena predisposición para integrar al inmigrante.  Y en este punto la lengua catalana puede funcionar como un impedimento.  Me ha pasado estar con catalanes, hacer un esfuerzo por entender cuando hablan muy rápido y al cabo de unos minutos tirar la toalla y encerrarme en mi mundo. ¿Y qué implicaría de parte de un local la integración de alguien que no se entera de lo que están hablando porque hablan muy rápido o porque utilizan una jerga particular? ¿Cambiar de idioma?  No, no necesariamente.  Pero sí, mirar al que tiene cara de perdido y preguntarle: ¿entiendes?
Integrar a un inmigrante implica una relación social en la cual participan dos partes: el que integra y el integrado.  Y ambas partes son responsables de que esa integración se lleve a cabo con éxito.  Cuando llegamos aquí, pasamos por diferentes etapas.  La de reafirmar la decisión de vivir en una nueva ciudad, en un nuevo país; la de buscar las diferencias para no angustiarnos y sentir que perdemos cosas de nuestra cultura y la de relajarnos y estar predispuestos a sentirnos integrantes de la nueva sociedad.  Así lo hicieron nuestros abuelos y bisabuelos.  Por eso, los inmigrados nos sentimos a gusto y ya hemos incorporado parte de esta tierra y de esta cultura como la nuestra… y si alguno de los que lee este artículo aprovecha el fin de temporada de los calçots: “Apa nen!  Que aprofiti!”

Alejandro Pignato